En mi novela, "El don
de imaginar las matemáticas", me sumerjo en el universo de una mujer
que rompió todos los moldes: Sofía Kovalévskaya. Fue
la primera mujer en doctorarse en matemáticas y obtener una cátedra
universitaria, el logro es mayor porque se produce en un momento en el que las
mujeres no tenían autonomía para decidir sobre sus vidas.
De Sofía no sólo me fascinó su
genialidad científica —su nombre pasó a la historia por el Teorema de
Cauchy-Kovaléskaya—, sino también su pasión por la escritura. Su
entorno nunca comprendió cómo podía dedicar su vida simultáneamente a las
ecuaciones diferenciales y a la literatura.
Para mí, escribir su historia
ha sido un acto de justicia y descubrimiento. Sofía
creía firmemente en la transformación de la sociedad a través de la ciencia, y
en estas páginas he querido rescatar esa voz ingeniosa e innovadora.

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