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martes, 17 de diciembre de 2024

Soneto donde vemos la socialización de la mujer a lo largo de la historia


 

Creo que, si leemos con atención el soneto de Miguel Hernández, entenderemos fácilmente la socialización que ha recibido la mujer a lo largo de la historia. 

Las mujeres no debían aceptar fácilmente un beso de un hombre, aunque fuese su novio; mucho menos, acceder a mantener relaciones más íntimas. He empleado conscientemente los verbos "aceptar" y "acceder", pues era el hombre quien debía tener la iniciativa; ella, nunca. Si la mujer daba el paso en primer lugar, tanto él como su entorno y la sociedad en general hablaban mal de ella, era criticada y rechazada. "Era una mujer fácil." Así que, las mujeres solían cuidarse mucho para no adquirir mala fama. Los hombres hablaban mal de ellas, pero a la vez querían tener ese tipo de relaciones. Como vemos, se produce una contradicción, y así, se crea la doble moral: una mujer para el sexo y otra para casarse: la doble moral. Aunque Miguel Hernández escriba este poema en la década de los treinta del siglo XX, siguió produciéndose en las siguientes décadas. De modo que, en la década de los ochenta se llamaba a las chicas que se cuidaban "estrechas", y si mantenían relaciones, "fáciles." Puede parecer que ahora hemos avanzado en este sentido, pero no es cierto. Hoy día sigue ocurriendo. Se las llama con adjetivos despectivos a las chicas si tienen relaciones. Los chicos también las tratan despectivamente, y se creen con derecho a todo con "esas chicas", y si no fuerzan la situación para obtenerlo. Cada vez conocemos más casos de ese tipo de violencia en edades cada vez más tempranas.

 

SONETO

Te me mueres de casta y de sencilla:

estoy convicto, amor, estoy confeso

de que, raptor intrépido de un beso,

yo te libé la flor de la mejilla.

 

Yo te libé la flor de la mejilla.

y desde aquella gloria, aquel suceso,

tu mejilla, de escrúpulo y de peso,

se te cae deshojada y amarilla.

 

El fantasma del beso delincuente

el pómulo te tiene perseguido,

cada vez más patente, negro y grande.

 

Y sin dormir estás, celosamente,

vigilando mi boca ¡con qué cuido!

para que no se vicie y se desmande.

                                     Miguel Hernández

                                     El rayo que no cesa


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