Leemos literatura para reconocer el pasado, sí, pero
también para reconocernos. En estas páginas descubrimos de dónde vienen ciertas
ideas que aún circulan, con otras palabras, en nuestros debates contemporáneos.
La literatura no sólo nos cuenta lo que fuimos: nos ayuda a entender por qué
todavía estamos discutiendo lo mismo. Y, en ese reconocimiento, quizá, a
imaginar otras formas de relación donde el amor no sea una imposición, sino una
elección compartida.
El diálogo que vamos leer no es sólo una escena de época: es un espejo incómodo. En él se enfrentan dos concepciones del mundo que, aunque formuladas con palabras decimonónicas, siguen resonando hoy con una inquietante familiaridad: las mujeres son seres humanos con sentimientos, deseos y derecho a no amar.Resulta especialmente revelador que el detonante del conflicto sea la educación. “Ahora sabe tanto la gente”, repite el personaje masculino con desdén, como si el conocimiento fuera una amenaza y no una posibilidad de emancipación. La instrucción aparece aquí como culpable de la ruptura del orden conyugal, no porque destruya el amor, sino porque permite nombrar su ausencia. La escena deja al descubierto una lógica profundamente desigual: al hombre se le concede la libertad; a la mujer, el miedo. El “temor del marido” se presenta como fundamento de la convivencia, y el amor, cuando falta, debe ser sustituido por la obligación. La frase “se la obliga a quererlo” concentra con crudeza una violencia que durante siglos fue naturalizada, legitimada por la ley, la religión y la costumbre. Frente a ello, la voz femenina del texto —aun derrotada en el plano social del diálogo— introduce una grieta irreparable: el amor no puede imponerse. Decirlo parece obvio hoy, pero no lo fue, y quizá no lo es del todo todavía. Esa afirmación sencilla pone en cuestión un modelo entero de familia, de autoridad y de género.
—Y ella —decía el abogado, sonriendo, al tiempo que yo pasaba a
su lado— declaró redondamente a su marido "que no podía ni
quería vivir con él, porque..."
—Pero, ¿qué mal hay en la instrucción? —preguntó la señora con
una sonrisa apenas perceptible—. ¿Sería mejor casarse como en
tiempos pasados, cuando los novios no se veían siquiera antes del
matrimonio? —continuó, respondiendo, según la costumbre de
muchas señoras, no a las palabras de su interlocutor, sino a las que
creía que iba a decir—. Las mujeres no sabían si llegarían a amar,
ni si serían amadas; se casaban con el primer advenedizo, y
después lo lloraban toda la vida. ¿Por lo visto, según ustedes, las
cosas andaban mejor de esa manera? —prosiguió, dirigiéndose
patentemente al abogado y a mí, y no, ni por asomo, al viejo.
—¡Ahora sabe tanto la gente! —repitió este último, mirando con
desdén a la señora, y dejando sin respuesta su pregunta.
—Desearía saber cómo explica usted la correlación entre la
instrucción y los disentimientos conyugales —dijo el abogado,
sonriendo ligeramente.
—En otro tiempo, ni siquiera sucedían esas cosas... ¿No es
verdad? —añadió con una sonrisa amable.(...)
Cuando el
anciano hubo acabado, se encasquetó la gorra hasta los ojos, y
dijo:
—Sí, señor; eso sucedía también antes, pero menos... En los
tiempos que corren, es natural que ocurra con más frecuencia...
¡Ahora sabe tanto la gente!...
Quiso responder algo el comerciante, pero la señora lo atajó. (...)
—La educación no engendra más que tonterías —dijo el viejo
resueltamente.
—Casan a los que no se quieren y luego se sorprenden que no
vivan en armonía ... —se apresuró a decir la señora, dirigiendo una
mirada al abogado, a mí, y también al viajante, que escuchaba de
pie y sonriente, puesto de codos sobre el respaldo del asiento—.
Los animales son los únicos que se pueden unir a voluntad del
amo, pero las personas tienen inclinaciones, afectos —decía la
señora con la intención evidente de desazonar al mercader.
—No dice usted bien, señora —replicó el viejo—; los animales
son bestias, y el hombre ha recibido la ley.
—Pero, con todo eso, ¿cómo vivir con un hombre cuando no hay
amor? —continuaba la señora, apresurándose a emitir opiniones
que debían parecerle muy nuevas.
—Antes no se hacían semejantes distinciones —replicó el viejo en
tono grave—; ahora es cuando ha entrado eso en las costumbres.
En seguida que ocurre la cosa más pequeña, dice la mujer: "Ahí te
quedas; yo me voy de esta casa". Hasta entre los aldeanos se ha
impuesto la moda: "Toma —dice ella—, aquí tienes tus camisas y
tus calzones; ¡yo me voy con Vanka, que tiene el pelo más rizado
que tú!" ¡Vaya usted a entenderse con ésas!
Y, sin embargo, lo
primero para toda mujer debe ser el temor.
El viajante nos miró al abogado, a la señora y a mí, reprimiendo
una sonrisa, y dispuesto a burlarse de las palabras del comerciante
o a aprobarlas, según la actitud de los demás.
—¿Qué temor? —preguntó la señora.
—¿Qué temor? ¡El temor del marido! ¡Ése!
—Eso, señor mío, se acabó.
—No, señora; eso no puede acabar. Eva, la mujer, fue creada de
una costilla del hombre, y no será otra cosa hasta el fin del mundo
—dijo el viejo, meneando la cabeza tan severamente y con tales aires de triunfo, que el viajante, creyendo decidida en su favor la
victoria, soltó el trapo a reír.
—Sí, eso piensan ustedes los hombres —replicó la señora, sin
darse por vencida, y volviéndose hacía nosotros —. Ustedes se
han reservado la libertad para su uso; en cuanto a la mujer, quieren
encerrarla en el serrallo. A ustedes les es permitido todo, ¿verdad?
—Nada de eso; lo que hay es que si el hombre anda en malos
pasos fuera de su casa, por eso no se aumenta la familia; pero la
mujer, la esposa, es un vaso frágil —continuó el comerciante con
la misma severidad.
Su tono autoritario subyugaba evidentemente al auditorio. La
misma señora se veía derrotada, aunque no se rendía.
—Sí; pero usted admitirá, supongo, que la mujer es un ser humano
y tiene sentimientos, como el hombre. ¿Qué debe hacer si no
quiere a su marido?
—¡Si no lo quiere! —repitió el viejo frunciendo el ceño—, ¡Pues
no faltaba más! ¡Se la obliga a quererlo!
Este argumento inesperado pareció de perlas al comisionista, que
se creyó en el caso de acogerlo con un murmullo de aprobación.
—No tal; no podrá obligársela —objetó la señora—. Cuando no
hay cariño, no se puede obligar a nadie a querer a su pesar.
Fragmento de La Sonata de Kreutz, Leon Tolstoi
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