Andrés Velasquez era un médico andaluz que publicó en Sevilla Libro de la melancolía, en 1585. Rescato la siguiente cita, porque le irritaba especialmente que “el vulgo ignorante celebrase a los detractores de las ciencias” y que la murmuración y la charlatanería pusieran obstáculos a las verdades establecidas por “los mejores autores antiguos y modernos”.
No es difícil advertir la resonancia de esta queja en
nuestro presente. Vivimos en una época en la que el acceso a la información es
prácticamente ilimitado, pero también lo es la circulación de la
desinformación. Las redes sociales han democratizado la palabra —y eso es, en
muchos aspectos, un avance indiscutible—, pero también han diluido las
fronteras entre la opinión fundada y la mera ocurrencia.
Hoy, como en el pasaje citado, no faltan quienes
celebran a los detractores de las ciencias. Se aplaude al que simplifica
problemas complejos con frases tajantes; se comparte con entusiasmo el mensaje
que confirma prejuicios; se sospecha del experto por el simple hecho de serlo.
Y, mientras tanto, la labor silenciosa de quienes investigan, contrastan y
matizan queda relegada a un segundo plano, percibida a veces como elitista o
innecesariamente complicada.
La expresión que emplea Velásquez —“los mejores
autores antiguos y modernos”— encierra una idea fundamental: el conocimiento es
una cadena. No se construye en el vacío ni depende del capricho individual; es
fruto de una tradición crítica que se corrige y se amplía a lo largo del
tiempo. Despreciar esa tradición no equivale a ser audaz o libre; puede
significar, más bien, ignorar el trabajo acumulado que nos permite comprender
el mundo con mayor precisión.
Esto no implica que las ciencias sean infalibles ni
que deban quedar exentas de crítica. Al contrario: el progreso científico se
nutre de la revisión constante. Pero una cosa es la crítica fundamentada, y
otra muy distinta la murmuración que desacredita sin argumentar, la
charlatanería que equipara la intuición personal con el consenso construido
tras años de estudio.
Quizá la actualidad de la cita radique precisamente en
eso: nos recuerda que la defensa del saber no consiste en blindarlo, sino en
hacerlo accesible sin traicionar su rigor. Entre la murmuración y la verdad
argumentada se libra una contienda antigua. Nuestra tarea, como lectores,
docentes o investigadores, es no renunciar a la exigencia intelectual, aunque
el aplauso fácil se incline hacia el ruido.
Porque si algo enseña la historia —y Velásquez lo sugiere
con amarga lucidez— es que las ciencias pueden ser obstaculizadas por la
charlatanería, pero también que, a largo plazo, son la perseverancia y el
método los que terminan dejando huella.
